La velocidad con la que se suceden los acontecimientos ha eclipsado el drama nipón, por los dramas libios y ahora, por lo que pueda pasar en Siria. Por cierto que han quedado orilladas al interior de los periódicos y a los minuto basura de los informativos las noticias sobre la crisis económica.
Pero Libia ha pasado a ser considerado como un ejemplo de una nueva lógica multilateral que sustituiría al unilateralismo belicoso de la era Bush. Se argumenta a favor de esta tesis la condición legal de la intervención frente a lo sucedido en Irak. Pero los neocons estadounidenses (y también los españoles por cierto) ya se han apresurado a plantear que la cuestión no era la formalidad legal si no el fondo de la cuestión y que, desde este punto de vista, Libia e Irak son la misma cosa. No hay que dar por bueno, necesariamente, ese argumento viniendo de quien viene, pero tampoco hay que rechazar su carácter probatorio respecto a los verdaderos fines de la guerra. Soy de los que no desprecian que esta decisión se haya tomado con el beneplácito de Naciones Unidas. Eso hace la interveción legal en derecho internacional. Eso sí, siempre que se atenga a los contenidos y objetivos expresados en la misma. Pero reconocer su carácter legal no significa, necesariamente, estar de acuerdo con ella, en primer lugar. Una opción ineludible ahora es contrastarla con la realidad, al menos tal y como la conocemos.
En primer lugar, merecería un análisis un poco mejor documentado la interpretación de lo que realmente estaba ocurriendo en Libia. Son evidentes las similitudes pero llaman mucho más la atención las diferencias. Y digo "estaba ocurriendo", porque ahora estamos ante un conflicto que entra más dentro de la definición canónica de gerra civil que la de insurrección popular. De hecho, la población civil huye de la guerra. Y huye de los dos bandos. Sé que es imposible estar del lado de un dictador y sátrapa como Gadaffi, no necesito perder el tiempo en esto. Pero el mundo post1989 quebró la lógica de bloques y la lectura de conflictos en términos de: "conmigo o contra mí". Hoy podemos estar simultáneamente contra unos y contra otros. Entre otras razones y, en el caso Libio se demuestra palmariamente, porque la condición autoritaria de uno de los actores es evidente, pero no es nada obvia la condición democrática del otro actor en curso. Y mucho menos aún su capacidad de representación de las legítimas aspiraciones de paz y democracia del pueblo libio.
En segundo lugar, la resolución 173 se ha publicitado como un intento por proteger a la población civil de los riesgos ciertos de ser atacada por el presidente libio Muammar el Gadaffi. Dando por buena tanta la condición genocida del excéntrico coronel como su voluntad de exterminio, cabían dudas respecto a la adecuación de medios y fines. "Hacer algo y hacerlo rápido" no implica necesariamente crear una zona de exclusión aérea o acciones militares. Es evidente, además, que esta zona de exclusión ha sido acompañada de acciones militares aliadas que han tratado de asegurar la primacia aérea de los aliados e impedir, así, el uso de una ventaja estratégica por parte del señor Gadaffi. Con inusitada rapidez esa zona de exclusión y las acciones militares asociadas, se ha convertido en una acción de guerra destinada a garantizar la victoria de las fuerzas que se confrontan con Gadaffi y derribar a éste. A diferencia de Tunez o Egipto, donde se han buscado salidas más o menos honorables para los sátrapas, en este caso, se ha cercenado cualquier opción de buscar un acuerdo empujando a Gadaffi y los suyos a una lógica de resistencia o victoria, que no promete nada bueno para la población que se dice querer proteger.
Pero conocemos ahora, no solo lo que era previsible, esto es, que las acciones de guerra de los aliados no han causado bajas solamente entre las tropas y mercenarios (sic) al servicio de Gadaffi, también entre la población civil, según ha hecho saber El Vaticano ante el silencio de los medios de comunicación internacionales. Por último, ya es público el deseo de expulsar al dictador del poder, yendo mucho más allá de la resolución de Naciones Unidas y también, las opciones de armar a las tropas rebeldes, así como poner a la CIA al servicio de los insurgentes.
Esto no es ya una acción con fines humanitarios. Y la gente bienintencionada, especialmente en la izquierda, que creyó ver en la intervención tanto una respuesta legítima frente a un riesgo cierto de agresión a población indefensa, como el alba de un nuevo amanecer en las relaciones internacionales, debería responder con sinceridad qué piensan ahora, porque la situación les interpela directamente.
Es obvio que en Libia se juega una partida estratégica con varios actores e intereses cruzados. La reconfiguración del mapa en esa zona del planeta abre nuevas oportunidades en todos los órdenes y estar al lado, desde primera hora, de las fuerzas ganadoras ofrece ventajas estratégicas que no pueden ser obviadas. Se ha recordado el dato, que no puede desconsiderarse, de que Estados Unidos no tiene una sola de sus petroleras en Libia. Y sí las tienen Francia e Italia. Es una pista. Probablemente, este no haya sido el único motivo para la intervención, es posible incluso que no haya sido el más importante, pero considerar que las acciones militares se han producido ante el dolor creado por los riesgos de muertes en Libia, es, además de poco probable, muy patético.
Que Gadaffi es un dictador y un sátrapa, es cosa conocida, pero es especialmente cosa conocida por los que detentan el poder y sus amigos. Los mismos que ahora le bombardean. NO es nuevo, en cualquier caso. Conmueve comparar la noticia sobre el parte de guerra hoy en Libia que dedica una diversidad de insultantes epítetos a Gadaffi, dignos de un concurso literario, con una notica aparecida en el mismo periódico hace menos de un año y que daba cuenta de la visita a Trípoli del Presidente del gobierno español Rodríguez Zapatero. Les adjunto el link por si quieren jugar al famoso "juego de las diferencias": http://www.elpais.com/articulo/espana/Charla/Rey/Obama/camellos/jaima/Gaddafi/elpepuesp/20100624elpepunac_24/Tes
Así es que a fecha de hoy, Libia vive el drama histórico de ser dirigido por un sátrapa y el nuevo de ser el escenario de una guerra en curso cuyo destino y número de muertos está por ver.
El final de esta partida no está escrito, pero no augura nada nuevo para la población indefensa. A fecha de hoy, es poco probable que las fuerzas rebeldes consigan la victoria militar sin una decisiva ayuda militar aliada. Es igualmente improbable una negociación con una salida política a la situación, dadas las condiciones creadas. En fin, pensando bien, el desenlace previsible se aleja apresuradamente de las buenas intenciones y se acerca a una situación tan violenta como llena de riesgos para la población civil a la que se quería proteger. Me parece obvio a estas alturas que habría que haber intentado intevernir con otros parámetros y estrategias si el objetivo era, realmente, el que se declaraba públicamente. Aunque vamos comprendiendo que, quizás, había, además, otros intereses en juego.
Si las cosas transcurren por el camino previsible a fecha de hoy la expectativa de una nueva era multilateral donde se abrirían, por fin, opciones para el recurso a intervenciones humanitarias sin importar la condición aliada o no del agresor (léase Palestina o el Sahara) parece, cuando menos, poco plausible.
Pensando bien, esto que decimos, pensando mal, cualquier cosa....
Profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid Blog de opinión política, social y cultural.
jueves, 31 de marzo de 2011
jueves, 17 de febrero de 2011
Mentiras del poder: siempre aparecen los mismos
Hablar sobre las mentiras del poder parece un ejercicio banal desde la publicación de los papeles de wikileaks. Estos confirmaron lo que todo el mundo intuia: la razón de estado sigue actuando con el mismo desparpajo que siempre. En los papeles se apreciaba que a esa racionalidad se subordinan todas las demás cuestiones: derechos humanos, democracia etc... nada nuevo, vaya.
Las noticias sobre el uso de la mentira en la disputa política o en la justificación de intereses inconfesables goza de una insultante cotidianeidad. Nada nuevo tampoco. Pero en los últimos tiempos, ese abuso de las lógicas de poder han abonado terreno ya sembrado: la desconfianza hacia lo público; la confirmación de que las instituciones democráticas son, también parte del problema y no de la solución. Así, la normalidad, alimenta la tesis del "sálvese quien pueda", el karma oficial del neoliberalismo doctrinario que nos agota.
Así es que la normalidad trabaja para el enemigo, no lo olvidemos. Y tanta "naturalidad" nos anestesia, despolitiza los intereses y los convierte, a todos, en idénticos e intercambiables. Pesa tanto la mentira del Departamento de Estado sobre la guerra de Irak como la del carnicero de la esquina sobre la calidad de sus productos. A fin de cuentas, todos mentimos.
En estos días han aparecido tres noticias que deberían servirnos para agitar conciencias y manifestar evidencias: la confirmación de que el cuento de las armas de destrucción masiva en Irak era una mentira deliberadamente inventada. La confesión de que el Fondo Monetario Internacional y sus miles de economistas a sueldo fueron incapaces de prever la crisis. Y conocer que el secretario de estado de energía, que hizo el informe con el que el gobierno pretende alargar la vida útil de las centrales nucleares, había realizado un informe para Nuclenor, diciendo lo mismo.
Las tres noticias son diferentes en importancia y consecuencias, pero todas ellas son relevantes, incluida la tercera. Podríamos haber incorporado un cuarto grupo de noticias con "las cosas de Berlusconi", pero la condición esperpéntica de la situación nos aconsejaba dejar, mejor, ese tema por esta vez.
La evidencia pública, en el contexto de la hegemonía neoliberal, de esa colusión permanente de intereses privados y poder, incluidas democracias jóvenes y viejas, alimenta la desafección a la política en general y mina las bases de la confianza en las instituciones públicas. Así, éstas, se ven golpeadas por su inanidad frente a la crisis económica y la evidencia de su complicidad con intereses espúreos, lejos del interés general y el bien común.
El mantenimiento de esta situación agota las energías "republicanas" de la sociedad civil y disminuye la audiencia de discursos de matriz comunitaria. Ser conscientes de esto debería inducirnos a considerar, al menos, dos cosas. La primera, ser beligerantes y críticos con estos usos del poder y hacerlo preservando la condición pública de las instituciones, su necesidad y el respeto por su vocación de servicio al bien común.
En segundo lugar, dar ejemplo de transparencia, de democratización y de saber escuchar allí donde, desde la izquierda, tengamos poder e influencia. Serviría también, esta reflexión, para el ejercicio del poder en organizaciones políticas y sociales, pero eso no toca ahora.
Moralizar el poder, es decir, defender la lógica de que el poder debe hacer aquello para lo que ha sido elegido y convocado, es un ejercicio de repolitización y democratización del espacio público. Y recuperar este espacio es imprescindible para seguir pensando que la izquierda tiene alternativas y posibilidades de defenderlas con credibilidad.
Las noticias sobre el uso de la mentira en la disputa política o en la justificación de intereses inconfesables goza de una insultante cotidianeidad. Nada nuevo tampoco. Pero en los últimos tiempos, ese abuso de las lógicas de poder han abonado terreno ya sembrado: la desconfianza hacia lo público; la confirmación de que las instituciones democráticas son, también parte del problema y no de la solución. Así, la normalidad, alimenta la tesis del "sálvese quien pueda", el karma oficial del neoliberalismo doctrinario que nos agota.
Así es que la normalidad trabaja para el enemigo, no lo olvidemos. Y tanta "naturalidad" nos anestesia, despolitiza los intereses y los convierte, a todos, en idénticos e intercambiables. Pesa tanto la mentira del Departamento de Estado sobre la guerra de Irak como la del carnicero de la esquina sobre la calidad de sus productos. A fin de cuentas, todos mentimos.
En estos días han aparecido tres noticias que deberían servirnos para agitar conciencias y manifestar evidencias: la confirmación de que el cuento de las armas de destrucción masiva en Irak era una mentira deliberadamente inventada. La confesión de que el Fondo Monetario Internacional y sus miles de economistas a sueldo fueron incapaces de prever la crisis. Y conocer que el secretario de estado de energía, que hizo el informe con el que el gobierno pretende alargar la vida útil de las centrales nucleares, había realizado un informe para Nuclenor, diciendo lo mismo.
Las tres noticias son diferentes en importancia y consecuencias, pero todas ellas son relevantes, incluida la tercera. Podríamos haber incorporado un cuarto grupo de noticias con "las cosas de Berlusconi", pero la condición esperpéntica de la situación nos aconsejaba dejar, mejor, ese tema por esta vez.
La evidencia pública, en el contexto de la hegemonía neoliberal, de esa colusión permanente de intereses privados y poder, incluidas democracias jóvenes y viejas, alimenta la desafección a la política en general y mina las bases de la confianza en las instituciones públicas. Así, éstas, se ven golpeadas por su inanidad frente a la crisis económica y la evidencia de su complicidad con intereses espúreos, lejos del interés general y el bien común.
El mantenimiento de esta situación agota las energías "republicanas" de la sociedad civil y disminuye la audiencia de discursos de matriz comunitaria. Ser conscientes de esto debería inducirnos a considerar, al menos, dos cosas. La primera, ser beligerantes y críticos con estos usos del poder y hacerlo preservando la condición pública de las instituciones, su necesidad y el respeto por su vocación de servicio al bien común.
En segundo lugar, dar ejemplo de transparencia, de democratización y de saber escuchar allí donde, desde la izquierda, tengamos poder e influencia. Serviría también, esta reflexión, para el ejercicio del poder en organizaciones políticas y sociales, pero eso no toca ahora.
Moralizar el poder, es decir, defender la lógica de que el poder debe hacer aquello para lo que ha sido elegido y convocado, es un ejercicio de repolitización y democratización del espacio público. Y recuperar este espacio es imprescindible para seguir pensando que la izquierda tiene alternativas y posibilidades de defenderlas con credibilidad.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Controlar y descontrolar
En el caso de los controladores la cuestión tiene que ver con la justicia de los fines y también la de los medios. Podemos, además, aplicar un análiis de clase, sobre su papel en relación con la distribución de recursos; su ubicación en la escala social etc...incluso podemos evaluarlo desde otros criterios: han sido solidarios con otras acciones colectivas, por ejemplo la Huelga general??? la respuesta es no. ¿Están defendiendo la seguridad en los aeropuertos? podría ser, pero todo indica que esta es la excusa para defender sus prebendas y privilegios. Que, además, utilicen un recurso que, más allá, de su legalidad o no, deja tirados/secuestrados en los aeropuertos a centenares de miles de personas, es, simplemente, intolerable. Expresar solidaridad con estos fines y estos medios es dejarse omnibular por la palabra huelga. Pedir, a continuación, la dimisión de Zapatero es hacerle el caldo gordo al PP que es el único partido en condiciones de representar, con beneficio, esa demanda. La militarización, intolerable, inaceptable, pero a cada cual lo suyo.
Convertir cualquier acción en un monólogo antizapatero es, otra vez, subordinarse a la rancia derecha que, esa sí, aprovechará la ocasión para surfear sobre los análisis críticos desde diferentes perspectivas.
Criticar al PSOE desde una perspectiva de izquierdas es hacerlo como lo ha hecho Comisiones Obreras: vuelvan al trabajo, abórdense los problemas, búsquense soluciones...
Convertir cualquier acción en un monólogo antizapatero es, otra vez, subordinarse a la rancia derecha que, esa sí, aprovechará la ocasión para surfear sobre los análisis críticos desde diferentes perspectivas.
Criticar al PSOE desde una perspectiva de izquierdas es hacerlo como lo ha hecho Comisiones Obreras: vuelvan al trabajo, abórdense los problemas, búsquense soluciones...
lunes, 29 de noviembre de 2010
No es solo un giro a la derecha
Las elecciones catalanas tienen varios planos de lectura y varios escenarios de interpretación, por tanto. En el institucional, la contundente victoria de CiU y la estrepitosa derrota del PSC, la caída en picado de Esquerra y el ligero descenso de ICV-EUiA solo puede ser interpretado como la derrota del tripartito y un deseo de cambio que se confunde con el retorno de los de siempre. Llama la atención que dos de los socios del gobierno anterior hayan abjurado en vísperas electorales de una experiencia que no merecía ese final. En este punto hay una lectura fundamentalmente "catalana" de los resultados, es decir, estos se explican dentro de la dinámica electoral y del sistema de partidos de ese territorio.Parece claro que el factor fundamental que explica la desafección de la ciudadanía que confió en el tripartito ha radicado en la crisis económica, es decir, en el impacto de ésta y en la sensación de entrega del poder político frente a las incertidumbres de la situación. La izquierda en el gobierno no ha sabido disminuir la inseguridad que la crisis produce y, probablemente, haya alimentado el tópico de que la izquierda es buena para repartir, pero mala para acumular. Serio problema que remite a la autonomía de la política en tiempos de dominio omnimodo del mercado. Habrá otros factores que no pueden desconocerse: el fenómeno identitario; la sentencia del estatut etc, pero, los postelectorales decían del peso del fenómeno crisis antes del día de las elecciones. La cuestión clave para una política de izquierdas alternativa, hoy, es disputar la hegemonía a ese "sentido común" mayoritario que ha sido formateado por el neoliberalismo y que está siendo clave para codificar la crisis, y para neutralizar cualquier perspectiva de transformación y cambio en las actuales condiciones.
En este escenario institucional se plantean ahora varios escenarios posibles. El más plausible es el de un gobierno mayoritario y a la carta de CiU con apoyos puntuales en un arco de alianzas muy amplio que, prácticamente, excluye solo a ICV-EuiA y a Ciutadans.
ICV-EUiA tiene ahora un papelón como única oposición legitimida, desde la experiencia de gestión del tripartito y sus propias propuestas, para impugnar las políticas de CiU.
En un plano más general, estas elecciones confirman que los electores están castigando la gestión de la crisis de los gobiernos independientemente de su color: ningún gobierno se está librando de los castigos electorales más o menos leves o severos con los que se expresa el desasosiego de las poblaciones. Pero poco más. La retórica de la refundación del capitalismo se agostó tan pronto como las clases dominantes comprendieron que décadas de capitalismo salvaje habían desestructurado las resistencias y derrotado los discursos antisistémicos.
De hecho, se confirma, también, la ascendencia de partidos xenófobos y de extrema derecha que crecen a la sombra del giro copérnicano que el neoconservadurismo ha dado a la política en los últimos años. Esta es una razón para pensar que estas excrecencias políticas subsistirán de una u otra manera aunque no sean relevantes políticamente, al menos, de momento.
Pero, sin duda, ocupan un espacio político que retroalimenta a los voceros antidemocráticos que les alientan y protegen. Y producen un efecto más, presionan discursivamente sobre los partidos mayoritarios de centro-derecha que necesitan, ya, pocas justificaciones para decir obscenidades políticas.
La idea central serían entender que la representación política ha cambiado los moldes en los que se encorsetaba la dinámica del conflicto social hasta hace 20 años. Convendría que pensáramos con buen tino la razón por la cual los barrios obreros en Barcelona o en Madrid, votan mayoritariamente al PP.
En fin, hay una ventana de oportunidades en este escenario con apariencia de Mad Max. Los desastrosos efectos de la crisis no producen solo desesperación, incertidumbre y miedo. SIembran también la semilla del descontento, las ganas de rebeldía y abren interrogantes permanentemente que pueden ser reformulados desde una perspectiva claramente de izquierdas y transformadora. Pero hace falta una izquierda con atractivo, con capacidad de ofrecer, con veracidad, alternativas creíbles (no digo posibles, digo creíbles);liderazgos renovados y abiertos a los nuevos espacios de lo social crítico; que genere un nuevo mapa de conflictos sociales y de representación de los mismos y que se sacuda la pereza del obrerismo decimonónico. En fin, hace falta una izquierda con poca voluntad dogmática y mucha programática.
Leída la situación general -y lo de Catalunya como síntoma- en perspectiva histórica, estamos al borde de una situación de emergencia democrática. Las clases dominantes no pararán hasta ver desmantelado y en huesos el estado del bienestar, incluso el lánguido y enclenque nuestro. Habría que pensar todas las estrategias viables y posibles para sumar en el empeño de revertir la situación, desde lógicas de encuentro que no tienen porque dar como resultado engordar unas solas siglas o un solo partido. La inteligencia al servicio de la imaginación para estos duros momentos. En eso deberíamos estar.
En este escenario institucional se plantean ahora varios escenarios posibles. El más plausible es el de un gobierno mayoritario y a la carta de CiU con apoyos puntuales en un arco de alianzas muy amplio que, prácticamente, excluye solo a ICV-EuiA y a Ciutadans.
ICV-EUiA tiene ahora un papelón como única oposición legitimida, desde la experiencia de gestión del tripartito y sus propias propuestas, para impugnar las políticas de CiU.
En un plano más general, estas elecciones confirman que los electores están castigando la gestión de la crisis de los gobiernos independientemente de su color: ningún gobierno se está librando de los castigos electorales más o menos leves o severos con los que se expresa el desasosiego de las poblaciones. Pero poco más. La retórica de la refundación del capitalismo se agostó tan pronto como las clases dominantes comprendieron que décadas de capitalismo salvaje habían desestructurado las resistencias y derrotado los discursos antisistémicos.
De hecho, se confirma, también, la ascendencia de partidos xenófobos y de extrema derecha que crecen a la sombra del giro copérnicano que el neoconservadurismo ha dado a la política en los últimos años. Esta es una razón para pensar que estas excrecencias políticas subsistirán de una u otra manera aunque no sean relevantes políticamente, al menos, de momento.
Pero, sin duda, ocupan un espacio político que retroalimenta a los voceros antidemocráticos que les alientan y protegen. Y producen un efecto más, presionan discursivamente sobre los partidos mayoritarios de centro-derecha que necesitan, ya, pocas justificaciones para decir obscenidades políticas.
La idea central serían entender que la representación política ha cambiado los moldes en los que se encorsetaba la dinámica del conflicto social hasta hace 20 años. Convendría que pensáramos con buen tino la razón por la cual los barrios obreros en Barcelona o en Madrid, votan mayoritariamente al PP.
En fin, hay una ventana de oportunidades en este escenario con apariencia de Mad Max. Los desastrosos efectos de la crisis no producen solo desesperación, incertidumbre y miedo. SIembran también la semilla del descontento, las ganas de rebeldía y abren interrogantes permanentemente que pueden ser reformulados desde una perspectiva claramente de izquierdas y transformadora. Pero hace falta una izquierda con atractivo, con capacidad de ofrecer, con veracidad, alternativas creíbles (no digo posibles, digo creíbles);liderazgos renovados y abiertos a los nuevos espacios de lo social crítico; que genere un nuevo mapa de conflictos sociales y de representación de los mismos y que se sacuda la pereza del obrerismo decimonónico. En fin, hace falta una izquierda con poca voluntad dogmática y mucha programática.
Leída la situación general -y lo de Catalunya como síntoma- en perspectiva histórica, estamos al borde de una situación de emergencia democrática. Las clases dominantes no pararán hasta ver desmantelado y en huesos el estado del bienestar, incluso el lánguido y enclenque nuestro. Habría que pensar todas las estrategias viables y posibles para sumar en el empeño de revertir la situación, desde lógicas de encuentro que no tienen porque dar como resultado engordar unas solas siglas o un solo partido. La inteligencia al servicio de la imaginación para estos duros momentos. En eso deberíamos estar.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Un cambio de gobierno para gestionar el corto plazo
La remodelación del gobierno ha sido más importante y más imprevista de lo imaginado. Cuando esperábamos un cambio en el Ministerio de Trabajo, lo que tenemos es una modificación con varios objetivos y una sola lectura.
Lo que no aparece es ninguna voluntad de sacar conclusiones respecto a la Huelga General, no al menos en la dirección de pensar que el gobierno pretendiera suavizar los elementos más indeseables y controvertidos del ajuste. Ni siquiera eso. La elección de Valeriano Gómez puede mejorar en algo la interlocución pero no parece que ese sea, precisamente, el problema fundamental.
Parece que el grueso de interpretaciones señalan la misma dirección: preparar las próximas elecciones generales, con varios escenarios simultáneos. En uno de ellos estaría la reelección de Zapatero, en otro la alternativa sería la de Rubalcaba, aunque no se desprecien otras opciones. Como es habitual en el presidente del gobierno aparecen varias alternativas simultáneas y no necesariamente compatibles. El premio a Trinidad Jiménez por su sacrificio en la comunidad de Madrid, puede tener repercusiones en política internacional. La gestión de Moratinos, por muy controvertida que pudiera resultar, ha significado un cambio radical respecto a la acción de anteriores gobiernos del PP, en particular en América Latina y muy singularmente en el caso cubano, por ejemplo. La elección de Rosa Aguilar, tiene lecturas tan obvias como groseras. Más allá de la competencia profesional de Rosa Aguilar la razón fundamental tiene que ver con el deseo de rascar más votos en el nicho electoral de IU y, por si acaso, intentar bloquear otras opciones en ese espacio. Es evidente que un gesto así merece una consideración, sin duda.
Lo fundamental es que es un cambio para consolidar el pacto con PNV y Coalición Canaria y, por lo tanto, es un gobierno para dar continuidad a las políticas ya decididas y para gestionar, a nivel partidario, el proceso hasta las próximas elecciones. No hay mucho que objetar a decisiones que están dentro de una descarnada lógica de poder, pero sí son una advertencia respecto a que el PSOE trata de ocupar, sin rubor, el espacio de confrontación con la derecha desde la izquierda. Una vez más, mostrando talante y solo eso. Razones de más para acelerar los procesos de articulación social y política de una izquierda con real voluntad de transformación social.
Lo que no aparece es ninguna voluntad de sacar conclusiones respecto a la Huelga General, no al menos en la dirección de pensar que el gobierno pretendiera suavizar los elementos más indeseables y controvertidos del ajuste. Ni siquiera eso. La elección de Valeriano Gómez puede mejorar en algo la interlocución pero no parece que ese sea, precisamente, el problema fundamental.
Parece que el grueso de interpretaciones señalan la misma dirección: preparar las próximas elecciones generales, con varios escenarios simultáneos. En uno de ellos estaría la reelección de Zapatero, en otro la alternativa sería la de Rubalcaba, aunque no se desprecien otras opciones. Como es habitual en el presidente del gobierno aparecen varias alternativas simultáneas y no necesariamente compatibles. El premio a Trinidad Jiménez por su sacrificio en la comunidad de Madrid, puede tener repercusiones en política internacional. La gestión de Moratinos, por muy controvertida que pudiera resultar, ha significado un cambio radical respecto a la acción de anteriores gobiernos del PP, en particular en América Latina y muy singularmente en el caso cubano, por ejemplo. La elección de Rosa Aguilar, tiene lecturas tan obvias como groseras. Más allá de la competencia profesional de Rosa Aguilar la razón fundamental tiene que ver con el deseo de rascar más votos en el nicho electoral de IU y, por si acaso, intentar bloquear otras opciones en ese espacio. Es evidente que un gesto así merece una consideración, sin duda.
Lo fundamental es que es un cambio para consolidar el pacto con PNV y Coalición Canaria y, por lo tanto, es un gobierno para dar continuidad a las políticas ya decididas y para gestionar, a nivel partidario, el proceso hasta las próximas elecciones. No hay mucho que objetar a decisiones que están dentro de una descarnada lógica de poder, pero sí son una advertencia respecto a que el PSOE trata de ocupar, sin rubor, el espacio de confrontación con la derecha desde la izquierda. Una vez más, mostrando talante y solo eso. Razones de más para acelerar los procesos de articulación social y política de una izquierda con real voluntad de transformación social.
martes, 28 de septiembre de 2010
La Huelga General: oportunidades
La encuesta que mostraba Público el domingo día 26 de septiembre ponía de relieve datos que no por conocidos, o sospechados, resultan menos sorprendentes. LLama la atención que la misma mayoría que afirma que existen razones para acudir a la Huelga General, manifieste que no acudirá, fundamentalmente porque "no sirve para nada". Es un descrédito de la acción colectiva y de los actores que la encarnan que mueve a preocupación. Al menos debería mover a la izquierda social y política. Incluyo aquí a los mismos que desde el gobierno han hecho todo lo posible por hacer esta huelga inevitable. Esta anomia social creciente también les incumbe a ellos. También vivirán/sufrirán sus consecuencias.
Es un dato más de ese "fascismo social" creciente al que hacía referencia Boaventura de Sousa Santos hace algunos años y que ha avanzado de manera harto preocupante. El tsunami moral y cívico que están produciendo en nuestras sociedades décadas de hegemonía neoliberal amenaza seriamente la existencia misma de la democracia. He dicho la existencia misma y no la vitalidad o su dinamismo, estos aspectos hace tiempo que mal viven en lo que queda de las viejas instituciones representativas. La lógica de la mercantilización, de la privatización, de la despolitización de nuestra cotidianeidad y su correlato en un proceso de individuación con ribetes patológicos, es un ataque frontal a la libertad y al funcionamiento de nuestros sistemas democráticos. La derecha neocon y sus aliados mediáticos, empresariales y organizacionales defienden un modelo social para el que las ideas de control popular, participación política, consenso etc... son altamente sospechosas cuando no, abiertamente peligrosas. La misma Iglesia católica hace tiempo que se sumo gustosa a este cuestionamiento del modelo democrático en pro del respeto a supuestos derechos naturales de los cuales ella, y solo ella, es cabal protectora. La victoria de los candidatos del Tea Party en Estados Unidos en las primarias republicanas dice que el soufflé sigue elevándose. NO estamos ante una moda pasajera, ni ante hechos anecdóticos. Como he dicho en otro lugar, el berlusconismo es la normalidad política del sentido común neoconservador.
¿Y esto tiene algo que ver con la Huelga General? Creo que sí, y mucho. Participar en la Huelga general es un hecho político siempre, pero esta vez es una reivindicación política democrática de primera magnitud. No es solo, y ya sería suficiente, una denuncia de un proceso de deterioro sin límites de los derechos laborales tan fatigosamente conseguidos. Es, en esta ocasión, una reivindicación de una sociedad libre, abierta y participativa, frente a la inquina antidemocrática de la derecha más antidemocrática desde los tiempos del fascismo en el siglo pasado. La huelga general se convoca contra un gobierno presidido por Zapatero, a la sazón, secretario general del PSOE. Pero los motivos fundamentales de la Huelga son una bandera por la dignidad democrática y contra la hegemonía neoconservadora. No olvidemos esto. En la inevitable dimensión europea de este conflicto y sus oportunidades no deberíamos olvidar lo ocurrido recientemente en Suecia.
La HG, por otra parte, podría y debería abrir oportunidades de colaboración en la izquierda social y política que supere diques y barreras. Es tiempo de puentes y convergencias. Deberíamos ser capaces de trascender nuestros negociados, más grandes o pequeños, para inaugurar un momento de encuentro o reencuentro. No necesariamente, bajo unas mismas siglas. Menos aún bajo la forma partido más o menos travestida. Nos jugamos la pervivencia cultural y política de la izquierda. Es mucho, muchísimo.
Es un dato más de ese "fascismo social" creciente al que hacía referencia Boaventura de Sousa Santos hace algunos años y que ha avanzado de manera harto preocupante. El tsunami moral y cívico que están produciendo en nuestras sociedades décadas de hegemonía neoliberal amenaza seriamente la existencia misma de la democracia. He dicho la existencia misma y no la vitalidad o su dinamismo, estos aspectos hace tiempo que mal viven en lo que queda de las viejas instituciones representativas. La lógica de la mercantilización, de la privatización, de la despolitización de nuestra cotidianeidad y su correlato en un proceso de individuación con ribetes patológicos, es un ataque frontal a la libertad y al funcionamiento de nuestros sistemas democráticos. La derecha neocon y sus aliados mediáticos, empresariales y organizacionales defienden un modelo social para el que las ideas de control popular, participación política, consenso etc... son altamente sospechosas cuando no, abiertamente peligrosas. La misma Iglesia católica hace tiempo que se sumo gustosa a este cuestionamiento del modelo democrático en pro del respeto a supuestos derechos naturales de los cuales ella, y solo ella, es cabal protectora. La victoria de los candidatos del Tea Party en Estados Unidos en las primarias republicanas dice que el soufflé sigue elevándose. NO estamos ante una moda pasajera, ni ante hechos anecdóticos. Como he dicho en otro lugar, el berlusconismo es la normalidad política del sentido común neoconservador.
¿Y esto tiene algo que ver con la Huelga General? Creo que sí, y mucho. Participar en la Huelga general es un hecho político siempre, pero esta vez es una reivindicación política democrática de primera magnitud. No es solo, y ya sería suficiente, una denuncia de un proceso de deterioro sin límites de los derechos laborales tan fatigosamente conseguidos. Es, en esta ocasión, una reivindicación de una sociedad libre, abierta y participativa, frente a la inquina antidemocrática de la derecha más antidemocrática desde los tiempos del fascismo en el siglo pasado. La huelga general se convoca contra un gobierno presidido por Zapatero, a la sazón, secretario general del PSOE. Pero los motivos fundamentales de la Huelga son una bandera por la dignidad democrática y contra la hegemonía neoconservadora. No olvidemos esto. En la inevitable dimensión europea de este conflicto y sus oportunidades no deberíamos olvidar lo ocurrido recientemente en Suecia.
La HG, por otra parte, podría y debería abrir oportunidades de colaboración en la izquierda social y política que supere diques y barreras. Es tiempo de puentes y convergencias. Deberíamos ser capaces de trascender nuestros negociados, más grandes o pequeños, para inaugurar un momento de encuentro o reencuentro. No necesariamente, bajo unas mismas siglas. Menos aún bajo la forma partido más o menos travestida. Nos jugamos la pervivencia cultural y política de la izquierda. Es mucho, muchísimo.
jueves, 5 de agosto de 2010
Oportunidades de crecimiento para la izquierda alternativa
Dice Ana Mato, a la sazón, vicesecretaria de organización del PP, que la encuesta del CIS publicada ayer revela un "clamor por el cambio". El dato que sustenta tan audaz comentario es el de la ventaja de seis puntos que el CIS atribuye al PP, la mayor en los últimos años. Efectivamente, no es poca cosa, pero el clamor por el cambio debería contrastarse con otros datos en la misma dirección y, de estos, más bien, nada de nada. El 55,5% de los encuestados califica como mala o muy mala la gestión del gobierno, pero es que el 60,9% califica como mala o muy mala la gestión de la oposición. Al 78,9% de los encuestados el presidente Zapatero les inspira poca o ninguna confianza. Pero Rajoy inspira poca o ninguna confianza al 84,6% de los encuestados. Los datos de voto+simpatía dejan la diferencia entre PP y PSOE en 1,5 puntos. El dato no es menor porque invierte la tendencia de las últimas encuestas y es la que permite explicar "la cocina" del CIS, otorgando al PP esos seis puntos de ventaja en estimación de voto. La pregunta sobre el voto oculto revela, sin embargo, algo conocido en sociología electoral, en las actuales circunstancias el voto oculto favorece al PSOE lo que indicaría que hay una reserva de voto que por vergüenza, castigo o cualquiera otra razón no se suma directamente al PSOE, aun cuando se inclinaría a votarle en las próximas elecciones.
La situación así vista es que el PSOE sufre la crisis pero el PP no la rentabiliza suficientemente y su liderazgo y su actividad de oposición lastran sus perspectivas de futuro. La lógica de la confrontación sin límites tiene un efecto movilizador muy importante en una parte sustancial de su electorado pero le impide crecer más allá de determinados límites. Todo parece indicar que sus dirigentes han optado por esta estrategia en el convencimiento de que se llevará el gato al agua quien, en las próximas elecciones, logre movilizar a su electorado. NO es un cálculo sin sentido, desde luego.
Visto en términos de discurso y estrategia, nos esperará por parte del PSOE una más de: "que viene el lobo" y vista la debilidad electoral de IU, puede pasar lo que en otras ocasiones, una transferencia de votos que operará como una sangría más en esta fuerza política.
Las noticias sobre autoposicionamiento y opciones hipotéticas de voto dicen lo que ya conocemos: IU no está hoy en condiciones de representar por sí sola el espacio de la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia. Pero lejos de lo que parece obvio, no es una mala noticia. No lo es porque plantea la necesidad de ese proceso constituyente de la izquierda alternativa que, con ambición, cumpla el objetivo para el que fue pensado: tratar de acercarse electoralmente al espaco socio-político que reclama la presencia de una fuerza política de esas condiciones.
Es tiempo de ambición y no caben muchas excusas. Quedarse en la gestión timorata de lo que hay o transitar la refundación sin hacer ruído es perder oportunidades, muchas oportunidades. Habida cuenta, claro está, de que los datos dicen, como ya hemos repetido mil veces, que nuestro futuro a medio plazo no depende de giros discursivos ni reafirmaciones identitarias. El desafío está encima de la mesa. ¿Qué queremos hacer?
La situación así vista es que el PSOE sufre la crisis pero el PP no la rentabiliza suficientemente y su liderazgo y su actividad de oposición lastran sus perspectivas de futuro. La lógica de la confrontación sin límites tiene un efecto movilizador muy importante en una parte sustancial de su electorado pero le impide crecer más allá de determinados límites. Todo parece indicar que sus dirigentes han optado por esta estrategia en el convencimiento de que se llevará el gato al agua quien, en las próximas elecciones, logre movilizar a su electorado. NO es un cálculo sin sentido, desde luego.
Visto en términos de discurso y estrategia, nos esperará por parte del PSOE una más de: "que viene el lobo" y vista la debilidad electoral de IU, puede pasar lo que en otras ocasiones, una transferencia de votos que operará como una sangría más en esta fuerza política.
Las noticias sobre autoposicionamiento y opciones hipotéticas de voto dicen lo que ya conocemos: IU no está hoy en condiciones de representar por sí sola el espacio de la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia. Pero lejos de lo que parece obvio, no es una mala noticia. No lo es porque plantea la necesidad de ese proceso constituyente de la izquierda alternativa que, con ambición, cumpla el objetivo para el que fue pensado: tratar de acercarse electoralmente al espaco socio-político que reclama la presencia de una fuerza política de esas condiciones.
Es tiempo de ambición y no caben muchas excusas. Quedarse en la gestión timorata de lo que hay o transitar la refundación sin hacer ruído es perder oportunidades, muchas oportunidades. Habida cuenta, claro está, de que los datos dicen, como ya hemos repetido mil veces, que nuestro futuro a medio plazo no depende de giros discursivos ni reafirmaciones identitarias. El desafío está encima de la mesa. ¿Qué queremos hacer?
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